Anotaciones sobre mis experiencias en el Cosmos.
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Miércoles, 16 de marzo de 2005
Jack tiene una tienda de alimentación en el barrio Footwash , sito en la capital mundial. Cada día sigue una serie de costumbres que son el motor de su vida.
Despierta en su cama individual a las seis de la mañana, desayuna, y luego se ducha mientras silba Cuadros en una exposición de Mussorgsky. Acaricia a sus perros mastines y entonces baja las ciento veinte escaleras que le separan de la calle.
Cuando era infante bajaba la mitad, pero los años le han convertido en un saco aburrido de hábitos adultos.
Gira a la derecha, mira el rótulo de un supermercado que abrieron hace poco, y desea que se incendie. Entra a la cafetería Royal y se sienta en el tercer taburete libre empezando por la izquierda.
Pide un café solo y una botella de agua.
Pasa páginas de periódico hasta que llega a los pasatiempos. Barre con la mirada el crucigrama. Le parece bastante difícil y prefiere atacar la sopa de letras.
Localiza las palabras “Foráneo”, “equilátero”, “crustáceo”, y “motín”, y entonces: sorb, sorb, otro café más a su historial de mañanas.
Le ha parecido un buen café, quizá porque es el décimo que se ha servido esa mañana, y la sustancia ya ha perdido ese marronáceo sabor áspero del que quedan impregnados todos los granos tras la torrefacción.
Piensa que debería aprender a jugar al ajedrez, y se sorprende cuando su mente le hace ver una imagen suya haciendo macramé en un campamento de Verano, ese que siempre cita como el que le entusiasmó tanto que bailo en la discoteca por primera y última vez en toda su vida. Pero eso fue hace muchos años. Ahora va contra sus principios pisar un garito de ese tipo.
Su estancia diaria en la tienda de alimentación se ha materializado adiposa en su abdomen.
Hace falta más que eso para acomplejar a Jack. Su laboralmente obligatorio sedentarismo es el argumento con el que se autoexcusa de su exceso de peso.
En ese justo momento, Betty Gomez, trabajadora de Urbania, la agencia de encuestas más importante del Universo, mecanografía su nombre y apellidos para incluirlos en una base de datos que agrupa a todos los propietarios cuasi obesos de tiendas de alimentación.
En la mano derecha de Jack hay una gota de café que se escurrió del culo de la taza cuando fue a darle el primer trago.
La gota tiene un volumen de 0,020 ml y un 12 % de cafeína. Mantiene su posición anclada a cuatro pelillos de medio milímetro de altura.
Jack mueve la mano y la gota produce una sensación sutil de frío al arrastrarse por la piel.
Una servilleta se separa de su soporte plástico y se desplaza por el Universo hasta que llega a la mano derecha de Jack, donde absorbe parcialmente el liquido que fue a caer a su extremidad.
Una nueva servilleta termina con su incomodidad húmeda.
La anterior, que yace malherida en el suelo de baldosas acompañada por un hueso de aceituna, se alegra enormemente al ver llegar a una de sus compañeras.
Ahora podrán sufrir juntas.
Un hombre de cuarenta y cinco años con camisa de cuadros metida por dentro del pantalón se tropieza con una silla cuando intenta salir del local, y todo el mundo gira la cabeza hacia el lugar de origen del sonido que les distrajo de sus respectivas pajas mentales.
Jack golpea armónicamente con las yemas de sus dedos la superficie de formica de la barra.
Mira al frente, y lee sin pensar la pizarra donde está escrito el menú del día.
Nota un estiramiento repentino de la ultima falange de su dedo índice.
Lo mueve unas cuantas veces para asegurarse de que sigue funcionando como siempre, y es entonces cuando su pie izquierdo se queda del todo rígido por unos segundos.
La casualidad ya no era justificación para aquellos empellones bruscos del organismo.
Al pie le sigue el gemelo derecho, que se contrae hasta el limite, produciendo en Jack una sensación desequilibradora de la mente.
Tratando de luchar contra el dolor, Jack cierra los ojos y se muerde el labio inferior con su rostro absolutamente rojo. Piensa en aplicarse calor con la mano en la zona afectada para erradicar el tirón molesto cuando su bíceps izquierdo se vuelve infinitamente tirante y obliga al brazo a pegarse desesperadamente al cuerpo en posición zig-zagesca.
El café sigue funcionando normalmente, ajeno a la situación comprometidísima de Jack, que sufre el dolor inexplicable que produce la contracción progresiva de todos los músculos de su cuerpo.
Conservando aun el dominio sobre los ojos, Jack sigue a la camarera con ellos, queriéndole decir tanto con tan poco que ella ni se entera, y él sigue sufriendo.
Cuando son los muslos los que se contraen, Jack cae de espaldas al suelo, y la gente gira la cabeza hacia el lugar de origen del sonido.
Algunas personas son capaces de volver la vista para seguir mordiendo su emparedado.
Por suerte, Leonor, que mendiga todas las mañanas en la estación de ferrocarril, intenta con éxito llamar la atención de los camareros.
Uno de ellos salta la barra ágilmente y pone su mano sobre el pecho contraído de Jack, que permanece en el suelo mirando al techo, sin encontrar en el ni el mas mínimo resquicio de consuelo que necesitaría cualquiera en su situación.
Frederic, el camarero que se quedo tras la barra, telefonea al hospital para que manden cuanto antes una ambulancia.
Los cinco minutos escasos que tardo en llegar el vehículo medicalizado fueron para Jack los instantes en los que descubrió la horrible certeza de que su corazón duramente podría seguir soportando tanta adrenalina derivada del dolor, porque empezaba a quejarse taquicárdico del asunto.
Aquella comezón punzante que ningún ser humano debería experimentar nunca empezaba a agolparse en todos sus conductos sanguíneos, haciéndolos aumentar peligrosamente de tamaño.
En ese momento, el jefe de Betty Gomez lee en su despacho una novela de Marcial Lafuente, y fantasea con lo que pudo haber sido nacer puta en un saloon del far west.
!Plip!!Plep!, y con esa cadencia refinada fueron estallando los capilares que algún día regaron los campos de la inteligencia de Jack.
Incapaz de manejar tantas sensaciones, el cuerpo opta por cambiar al estado inconsciente.
Fuuu: Se cierran los ojos.
El café presencia algo a lo que no esta acostumbrado.
Se cierra la puerta del local tras el paso de Jack y los camilleros hacia la ambulancia, y el bullicio de chismosas que se había formado tan de repente se esfuma de igual manera.
A pesar del estado comatoso, Jack puede sentir un hormigueo aceleradísimo recorriéndole la espalda, similar al que sintió aquella noche en la que se embotó de vodka para asegurarse bien de que mientras tuviera su curda, nada se atrevería a tener sentido.
Perdió al poco la noción de si mismo.
Llegó al hospital y reposo en la unidad de cuidados intensivos con la mirada perdida en el infinito, desconocedor de la enorme cantidad de electrodos y demás asuntos por el estilo que tenia pegados por toda la piel.
Su novia Sigrid lloraba lágrimas ácidas al verlo absolutamente dependiente de toda aquella maquinaria.
Pensó en algunas de las veces que se había sentido incomoda por los calambres de Jack, y en la actitud enfurruñada que adoptaba al ver que su compañero era incapaz de controlar aquellos tics que ahora le habían empujado hasta esa cama esterilizada de color blanco nuclear.
A los seis meses, la muchacha fue incapaz de mantenerse fiel a aquel régimen diario de visitas llenas de lloros, y decidió volver a Suiza, a casarse con algún hombre que tuviera muchas tierras para que pudiera ponerle una chocolatería a cambio de decirle te quiero de vez en cuando, y que así la rutina fuera menos rutina al ir en forma de bombones.
Cuando el cuerpo de Jack hubo reparado todas sus averías tisulares, despertó. Ocho meses después del incidente.
Al establecer de nuevo contacto con el mundo exterior, Jack supo que todo había cambiado, porque tenia sobre la vista un filtro imaginario que hacia que todo le resultara igual de curioso que a un niño de trece años.
La enfermera Elena Esteban fue la que descubrió despierto a Jack. Corrió deslizando los zuecos por el embaldosado frío e hizo bajar a un medico a través del interfono que comunicaba las distintas plantas del hospital.
Jack fue examinado por un doctor de cincuenta años apellidado Turner. A la tarde, siguiendo el dictamen del medico, le subieron al tercer piso, y tuvo delante suyo un paisaje lamido por una luz amarillenta que se colaba por los agujeros de las persianas, casi cerradas.
Dos hombres dormían delante suyo. Uno tenía hecha la traqueotomía y cada ronquido suyo era como una risa malvada que le asusto por lo mucho que se parecía a la que escuchó en su estado auto-hibernado.
Se notaba las articulaciones entumecidas. Le dolió aceptarse que le había costado muchísimo contarle a los médicos como se sentía, donde le dolía, cómo si se le hubiera olvidado expresarse.
Paso un buen tiempo rehabilitándose (habilitándose de nuevo para reincorporarse (volver a estar presente in corpo) a ese ciclo de cafeterías y mañanas en tiendas de alimentación), aprendiendo a dominar sus movimientos, que eran lo único que podría volver a controlar nunca.
Era Primavera, y el cielo parecía una taza de te a la que hubieran puesto un buen chorro de leche.
Jack se quedo de pie durante quince minutos en la puerta del hospital. Miro a la gente que entraba y salía, y poco a poco fue dándose cuenta de que ahora ya no tendría que sentirse avergonzado cuando se quedase observando perplejo a los clientes de su ultramarinos.
Por: antonio domínguez león | Literatura | Comentarios (0) | Referencias (0)